«No han sido hechos para vivir como brutos»: la mayor estafa motivacional de la literatura italiana (y por qué Ulises fue el peor CEO de la historia)

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Si las redes sociales, las aulas de formación empresarial y quienes venden cursos motivacionales tienen algo en común, es la compulsión de sacar citas literarias de contexto e imprimirlas en tazas, diapositivas de PowerPoint o biografías de LinkedIn. Y ninguna víctima es más ilustre en esta trituradora de significados que el terceto con el que Ulises concluye su discurso en el canto XXVI del Infierno de Dante Alighieri: «Consideren su germen: / no han sido hechos para vivir como brutos, / sino para seguir la virtud y la sapiencia.»1

Leído así, parece un himno al potencial humano, una luminosa invitación a superar los propios límites, no conformarse con la mediocridad, estudiar, explorar y facturar. Es la frase que esperarías oír de un Steve Jobs resucitado durante una ceremonia de graduación. Un aforismo perfecto para tatuajes y camisetas.

Solo hay un detalle filológico minúsculo, perfectamente irrelevante, que los supuestos gurús del crecimiento personal olvidan constantemente: quien pronuncia esta frase en el poema de Dante es un alma condenada al Infierno, que arde envuelta en una llama de dos puntas en la octava fosa. ¿Por qué arde allí? Porque Dante lo clasificó como «consejero fraudulento»2. Traducido: un estafador de la palabra, un manipulador en serie, alguien que usó su inteligencia no para el bien común, sino para engañar al prójimo.

Hoy desmontamos este colosal malentendido y analizamos la oscura obra maestra del Ulises dantesco. Un viaje fascinante en el que la filosofía aristotélica choca con el terror teológico medieval y descubrimos que el viejo rey de Ítaca no es el héroe romántico de la exploración, sino el prototipo del directivo tóxico que lleva a la ruina a toda su empresa y ahoga a todos sus empleados con tal de alimentar su propio ego.

1. El currículum del orador: el Ulises que Dante nunca leyó

Para entender el canto XXVI, primero tienes que resetear todo lo que sabes sobre la Odisea. Haz como si no existieran el viaje de regreso, las lágrimas por Penélope, el perro Argos y la cama de madera de olivo. ¿Por qué? Porque Dante no sabía griego y nunca había leído a Homero en su lengua original.3 Su Ulises no nace de una lectura directa de la Ilíada y la Odisea, sino de una densa red de mediaciones latinas y medievales.

En la Edad Media occidental, la materia de los poemas homéricos no había desaparecido; circulaba reelaborada, resumida y ampliamente reinterpretada. Entre los principales materiales con los que Dante construyó su versión del rey de Ítaca están la poesía de Virgilio y las Metamorfosis de Ovidio4, además de posibles ecos filosóficos de autores como Cicerón y Séneca.

Aquí la perspectiva se invierte por completo. Los romanos se consideraban descendientes de Eneas, el refugiado troyano; por eso su tradición épica miraba con recelo y suspicacia a los vencedores de Troya. En este relato parcial, Ulises no es el héroe sabio y nostálgico del regreso, sino un adversario astuto y despiadado. Es el personaje al que Virgilio llama «scelerum inventor», «inventor de crímenes»5: el manipulador que ideó el engaño del Caballo de Troya para doblegar una ciudad que no podía vencerse cara a cara.

Cuando Dante se encuentra con Ulises, lo halla en la octava fosa del Infierno, donde se castiga a los consejeros fraudulentos. El contrapaso es perfecto: en vida usaron la lengua para ocultar sus verdaderas intenciones; en el Infierno quedan ocultos dentro de lenguas de fuego que los abrasan eternamente. Ulises comparte una misma llama, partida en dos puntas, con su compañero de engaños Diomedes. El dúo definitivo de la estafa mitológica.

Pero Dante, un intelectual inmenso, no consigue odiar a Ulises. Le aterra y le atrae al mismo tiempo. Lo admira profundamente porque reconoce en él su misma enfermedad, idéntica y peligrosísima: una sed infinita e inagotable de conocimiento.

2. El regreso que nunca llegó (y la fuga inmediata): el síndrome del padre ausente

En el relato que Ulises le cuenta a Dante hay un prólogo que debería hacer saltar todas las alarmas. Cuando el rey de Ítaca por fin deja a Circe (que lo había retenido cerca de Gaeta durante más de un año), se le presenta una elección: volver a casa después de años de guerra o ceder a su obsesión por viajar.

Su decisión es de una frialdad que hiela la sangre: «ni la dulzura del hijo, ni la piedad / al padre anciano, ni el amor debido / que pudo a Penélope alegrar, / alcanzaron aplacar dentro de mí el ardor / por convertirme del mundo experto / y de los vicios mundanos y su valor;»6

Traducción: el amor por su hijo Telémaco, la piedad por su anciano padre Laertes y el deber conyugal hacia Penélope (que lo espera en casa deshaciendo telas como una loca) no bastan. Ni siquiera a distancia pueden vencer su ansia de explorar. Ulises no elige regresar, sino salir huyendo hacia delante: renuncia a abrazar a su familia con tal de dar otra vuelta al mundo.

Reúne a «una tripulación pequeña que aún de mí no desertaban»7 —ese puñado de supervivientes desdichados que no lo habían dejado— y pone rumbo directo al oeste. Hacia el confín del mundo abierto. Y ahí empieza el desastre.

3. La «Orazion Picciola»: el discurso empresarial del manipulador perfecto

Y llegamos al momento culminante. La nave de Ulises llega al estrecho de Gibraltar, entre las Columnas de Hércules. En la imaginación teológica y geográfica medieval, aquello era el non plus ultra, el límite fijado por Dios que nadie debía rebasar para alejarse de las tierras habitadas y adentrarse en el aterrador y vacío océano Atlántico.

Los marineros se detienen al llegar al estrecho. Tienen miedo. Según reconoce el propio Ulises, son «viejos y tardíos»8. Llevan décadas navegando; solo quieren jubilarse, desembarcar, comer una sopa caliente y morir en sus propias camas.

¿Qué haría un buen líder en esa situación? Evaluar la condición física del equipo, reconocer el límite y dar media vuelta. ¿Qué hace Ulises? Se marca lo que Dante define como una orazion picciola (un discursito), que es quizá la operación de gaslighting más brillante, tóxica y letal de toda la literatura mundial.

Estas son sus palabras exactas, desmontadas y analizadas:

«Oh hermanos,» les decía, «habiendo atravesado
cien mil peligros han llegado a occidente,
en esta víspera tan breve;
a nuestros sentidos que aún quedan
no se apresuren a negarles la experiencia,
de aquello que yace tras del sol, ni del mundo sin gentes.
Consideren su germen:
no han sido hechos para vivir como brutos,
sino para seguir la virtud y la sapiencia.»
9

Primer movimiento: adulación y culpa. Los llama «hermanos». Ya no es su rey severo; de pronto se convierte en uno de ellos, en un igual. Les recuerda que han superado «cien mil peligros» y halaga su orgullo de veteranos. Luego les clava el aguijón: llama al tiempo que les queda de vida «brevísima vigilia de nuestros sentidos». Les está diciendo: «Chicos, sois viejos, tenéis un pie en la tumba y os quedan quizá tres días de lucidez. ¿De verdad queréis malgastar ese último retazo de tiempo vegetando en el sofá, en vez de descubrir el hemisferio deshabitado que hay detrás del sol?».

Y entonces, para dar el golpe de gracia lógico y destruir cualquier resto de resistencia en sus empleados agotados, suelta el arma de destrucción masiva motivacional:

«Consideren su germen:
no han sido hechos para vivir como brutos,
sino para seguir la virtud y la sapiencia.»

Ulises usa la filosofía más pura para cometer un fraude. El principio básico de Aristóteles es que «todos los seres humanos desean conocer por naturaleza»10. El conocimiento es lo que distingue a los seres humanos de los animales («los brutos»). Ulises emplea esa elevadísima verdad para convencer a su tripulación de cometer un suicidio colectivo y un sacrilegio teológico. Convierte la prudencia de sus hombres en cobardía bestial y los acorrala: «Si volvéis atrás, sois como animales. Si sois verdaderos seres humanos, cruzad conmigo las Columnas».

¿El resultado? Euforia colectiva. El propio Ulises le admite a Dante: «A mis compañeros saqué tanto filo / con esta pequeña oración durante el viaje, / que luego apenas y hubiera podido retenerles;»11 Los ha hipnotizado y electrizado, transformándolos literalmente en kamikazes listos para estrellarse.

4. El «vuelo loco»: la angustia del límite entre el cristianismo y la Antigüedad clásica

En ese momento, la nave supera las Columnas de Hércules y se lanza al océano desconocido. Ulises describe el viaje como un «vuelo loco»12. Saben que hacen algo insensato, pero no logran detenerse. Los remos se convierten en alas. Navegan durante cinco meses por el hemisferio sur, donde el cielo nocturno muestra estrellas distintas, hasta que aparece en el horizonte una montaña altísima y oscura: la montaña del Purgatorio.

Este es el corazón dramático del canto y el verdadero motivo por el que nunca deberías tatuarte esa cita creyendo que es un cumplido. Para un griego antiguo, la virtute (la excelencia, la areté) y la sed de conocimiento eran fines en sí mismos. Cuanto más descubrías, más valías. Pero Dante no es un griego antiguo. Es un intelectual del siglo XIV, profundamente inmerso en la teología tomista13.

En el cosmos de Dante, el conocimiento humano sin la Gracia divina es hybris (desmesura, arrogancia). El intelecto humano tiene límites estructurales. Cruzar las Columnas de Hércules no es un gesto de valentía de explorador de National Geographic: es un acto de soberbia blasfema. Significa querer penetrar los secretos de Dios con las solas fuerzas de la razón humana (la nave), sin la Revelación y sin guía espiritual. El pecado original de Adán y Eva, repetido en clave náutica.

Dante, enamorado de la filosofía y de la ciencia, se siente aterradoramente cerca de Ulises. Sabe que él también corre el riesgo de perderse en el «vuelo loco» del intelecto. Por eso tiene que castigarlo sin piedad.

5. El fin de la start-up: el naufragio y la intervención desde lo alto

¿Cómo termina esta exploración en los límites del cosmos? Justo cuando los marineros ven la montaña del Purgatorio, la alegría se transforma de inmediato en llanto. Un torbellino repentino surge de las nuevas tierras descubiertas y golpea la proa de la nave.

La nave gira sobre sí misma tres veces, como en una lavadora apocalíptica. A la cuarta, la popa se alza hacia el cielo, la proa se hunde en el fondo del océano y el mar se cierra sobre ellos, tragándoselos a todos sin piedad. «Hasta que el mar se cerró sobre nosotros.»14 es uno de los versos más fríos, definitivos y aterradores de toda la Divina Comedia.

¿Quién desató el torbellino? Ulises dice: «a guisa de aquel otro» (en italiano, com’altrui piacque) 15. Ni siquiera logra pronunciar el nombre de Dios. Lo llama «el otro». Es la derrota final. El universo ha respondido a su arrogancia restableciendo brutalmente la prohibición que había violado. No hay supervivientes ni gloria. Su sed de conocimiento no ha traído descubrimientos, sino que lo ha condenado a él y a sus pobres marineros agotados, arrastrados por el delirio de grandeza de su superior.

Conclusión: un manual contra el entusiasmo tóxico

La próxima vez que estés en una reunión de empresa y tu responsable saque los famosos versos de Dante para convencerte de hacer trece horas extra sin cobrar o de aceptar «desafíos desafiantes» y «objetivos disruptivos», no asientas como los viejos marineros de Ítaca.

Respira hondo y recuérdale el contexto. Recuérdale que «no han sido hechos para vivir como brutos» es el comienzo de un fraude mortal.

Seguir la virtud y el conocimiento es esencial, pero reconocer la palabrería motivacional (y tener a mano el chaleco salvavidas) lo es todavía más.

Y, sin embargo, «Consideren su germen: / no han sido hechos para vivir como brutos, / sino para seguir la virtud y la sapiencia.» sigue entusiasmándonos, ¿o no?

 

Notas

  1. Dante Alighieri, Divina comedia, «Infierno», canto XXVI, vv. 118–120, trad. Daniel Oliveros, «Inferno, XXVI» (fragmento), POESIA (Universidad de Carabobo, 27 abr. 2020). Texto. ↑
  2. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, vv. 52–63, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  3. Sobre la falta de acceso directo de Dante a Homero: Princeton Dante Project, entrada «Homero». ↑
  4. Ovidio, Metamorfosis, XIII. ↑
  5. Virgilio, Eneida, II, 164: scelerumque inventor Ulixes. ↑
  6. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, vv. 94–99, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  7. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, vv. 100–102, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  8. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, vv. 106–108, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  9. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, vv. 112–120, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  10. Aristóteles, Metafísica, I.1, 980a21. ↑
  11. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, vv. 121–123, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  12. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, v. 125, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  13. La referencia es a Tomás de Aquino y a la tradición teológica tomista. ↑
  14. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, v. 142, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑
  15. Dante Alighieri, Infierno, canto XXVI, v. 141, trad. Daniel Oliveros (véase nota 1 para la referencia de edición). ↑