El juicio de Sócrates: la peor estrategia de defensa de la historia

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Cómo perder un juicio que ya estabas ganando…

Imagina que estás sentado en ese banco. Tienes setenta años y te acusan de impiedad tres ciudadanos que te detestan: Meleto, Ánito y Licón. Frente a ti hay un jurado de unas quinientas personas a las que nadie ha explicado cómo votar. La pena que pide la acusación es la muerte. En esa sala hay una regla no escrita que conoce hasta el acusado más inexperto: no des a los jurados un motivo para levantar el disco de la condena.

Sócrates les dio ese motivo tres veces seguidas, y con cuidado. Se negó a llevar a sus hijos a la sala para que suplicaran por él. Humilló al acusador delante de todos. Y cuando la ley le exigió proponer una pena alternativa a la muerte, pidió que lo mantuvieran a expensas del Estado en el Pritaneo, como a los vencedores de los Juegos Olímpicos. Fue una propuesta formal, pronunciada en el tribunal y conservada en un texto que todavía puedes leer.

Ya conoces el desenlace. Lo que suelen omitir los relatos es que la historia está incompleta: dicen que mataron a Sócrates por decir la verdad, pero callan que fue a buscarla justo en el único momento en que podía costarle la vida. Aquí repasamos sus tres movimientos, uno por uno, a la luz de cómo funcionaba un juicio ateniense. Al final podrás decidir si fue un mártir, un suicida judicial o el primer troll institucional de la historia: las fuentes antiguas permiten las tres lecturas y no se ponen de acuerdo.

¿Por qué condenaron a Sócrates? Qué decía la acusación

Dos cargos y un tercero que nadie podía escribir.

El texto de la acusación aún se conserva o, mejor dicho, lo cita Favorino, quien afirma que Diógenes Laercio lo vio expuesto en el archivo público del Metroón. Decía más o menos así: «Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses que reconoce la ciudad y de introducir nuevas divinidades; es culpable de corromper a los jóvenes. Se pide la pena de muerte». Ningún hecho concreto, ninguna fecha, ninguna víctima. Una forma de vivir presentada como un peligro público.

Este es el fragmento que los resúmenes escolares siempre se saltan y explica por qué el juicio se celebró precisamente en 399 a. C. Atenas ya no era la ciudad de Pericles: había perdido la guerra del Peloponeso, había pasado por dos regímenes de terror en pocos años y había reconstruido su democracia a sangre y fuego. Uno de los tres acusadores, Ánito, fue una de las figuras principales de la restauración. Y aquella restauración incluía una cláusula concreta: los ciudadanos habían jurado no recordar los agravios sufridos. El juramento bloqueaba casi cualquier ajuste de cuentas por aquellos años.

Así que no podían procesar a Sócrates por haber sido maestro de Critias y Alcibíades: el primero, un tirano despiadado; el segundo, un traidor a la ciudad. Sí podían procesarlo por los dioses. Una interpretación influyente, aunque discutida, entiende la acusación religiosa como una posible vía para abordar tensiones políticas que la amnistía del 403 hacía difíciles de llevar ante los tribunales. Las fuentes no lo dicen expresamente: es una inferencia y debe tratarse como tal. Aun así, conviene recordarlo la próxima vez que alguien te asegure que Sócrates murió únicamente por filosofar.

El tribunal sin juez profesional: por qué la segunda fase era una trampa

Aquí está la clave de toda la historia, y no es la filosofía: es el procedimiento.

Un juicio ateniense del siglo IV a. C. no se parecía a nada que conozcas. No había juez, ni abogado que hablara por ti (te defendías solo; como mucho, podías encargarle el discurso a un logógrafo), ni apelación, ni instrucciones sobre cómo interpretar la ley. Los jurados —ciudadanos mayores de treinta años elegidos por sorteo— ni siquiera podían hablar del caso entre ellos. Escuchaban los discursos, cronometrados con una clepsidra de agua, y votaban de inmediato y en secreto. Ningún juicio podía durar más de un día.

Entonces llega el detalle que convierte esta historia en un caso de manual de negociación antes que de filosofía. Una vez establecida la culpabilidad, la pena no era automática: se abría una fase con dos propuestas. La acusación proponía una pena; el acusado estaba obligado a proponer una alternativa y el jurado tenía que elegir una de las dos. No podía modificarlas, inventar un término medio ni dejar la decisión en suspenso.

Este mecanismo se llamaba timēsis e invertía los papeles: la contrapropuesta no era una súplica, sino una oferta en una negociación en la que la otra parte ya había puesto la muerte sobre la mesa. Si proponías una pena demasiado leve, el jurado no te absolvía: elegía la muerte, que al compararla parecía razonable.

Sócrates no se limitó a hacer una oferta ofensiva. La hizo sabiendo que serían los demás quienes decidirían.

Primer movimiento: negarse a pedir clemencia

Otros acusados llevaban a sus hijos a llorar ante el tribunal. Sócrates explicó por qué él no lo haría.

El espectáculo de las lágrimas en la sala era una práctica habitual: el acusado llevaba a su mujer y a sus hijos, los hacía llorar delante de los jurados y suplicaba clemencia. Funcionaba, y los oradores lo sabían. Sócrates dijo claramente que no llevaría a sus hijos a suplicar. Lo consideraba vergonzoso y recordó a los jurados que habían jurado juzgar de acuerdo con las leyes, no hacerle un favor a quien se lo pidiera entre lágrimas. En pocas palabras, se negó a usar el llanto como presión.

Una anécdota lo explica mejor que cualquier argumento. Según la tradición antigua, Lisias, el escritor de discursos judiciales más refinado de Atenas, había preparado para Sócrates una defensa lista para usar. Sócrates la leyó y respondió: «Es un buen discurso, Lisias, pero no es para mí».1

Cuando le objetaron «si es bueno, ¿cómo es posible que no sea para ti?», Sócrates habría contestado que tampoco le sentarían bien un manto elegante ni un buen par de zapatos. En aquella sala la forma importaba, y Sócrates la rechazó por principio.

La frase con la que termina la primera parte de su defensa es la confesión más clara de todo el texto y la que menos se cita: «No me han derrotado por falta de palabras», dice, «sino por falta de desvergüenza y por no querer deciros lo que os gustaría oír». En una línea: tenía los argumentos; no tenía el tono.

Segundo movimiento: juzgar al acusador

En vez de defenderse, hizo preguntas. Unas quinientas personas vieron cómo Meleto quedaba en ridículo.

La parte central de la Apología no es una defensa: es un contrainterrogatorio. El procedimiento se lo permitía: en el tribunal ateniense, quien hablaba podía interrogar a su adversario, que estaba obligado a responder. Sócrates aprovechó ese derecho hasta el final.

1. La analogía de los caballos (lo absurdo de la acusación)

  • La trampa de Sócrates: Sócrates preguntó a Meleto quién hacía mejores a los jóvenes atenienses. Para complacer al jurado, Meleto respondió que todos los atenienses —los jueces, las leyes y los ciudadanos— los mejoraban, salvo uno: Sócrates, que los corrompía.

  • Lo absurdo: Sócrates puso como ejemplo a los animales. En la realidad, solo unos pocos expertos —los adiestradores— saben mejorar un caballo; la mayoría de quienes lo intentan lo estropean. ¿Podía ser exactamente al revés con los seres humanos? ¿Podía toda la ciudad ser experta en educar y un solo hombre echar a perder a todos?

  • La idea: El argumento pretendía demostrar que Meleto nunca se había preocupado seriamente por la educación y formulaba una acusación sin fundamento.

2. El dilema de la intención (el callejón sin salida legal)

  • Premisa 1: Nadie quiere conscientemente que le hagan daño las personas con las que convive. Si conviertes en malvado a un vecino, tarde o temprano también te hará daño a ti.

  • El dilema: Si Sócrates corrompía de verdad a los jóvenes con los que convivía cada día:

    • Opción A (a propósito): Sería un irracional que intentaba perjudicarse a sí mismo al volver malvadas a las personas de su entorno. Una contradicción lógica.

    • Opción B (sin querer): Si lo hacía sin darse cuenta, replicó Sócrates, Meleto debía apartarlo y enseñarle, no arrastrarlo ante un tribunal.

  • Conclusión: Meleto se equivocaba de cualquier manera: o la acusación era ilógica (A), o había elegido el lugar equivocado (B) y debía hablar con Sócrates en vez de procesarlo.

En la práctica, Sócrates lo llevó directamente a una trampa lógica:

  • Primero desmontó la acusación con el ejemplo de los adiestradores de caballos. Cuando Meleto sostuvo que todos los atenienses mejoraban a los jóvenes y solo Sócrates los corrompía, la respuesta resultaba ridícula: para educar a los animales hace falta un experto, mientras que la multitud los estropea. ¿Cómo iba a funcionar exactamente al revés con los seres humanos?

  • Después dio el golpe definitivo a la supuesta «corrupción». Si de verdad corrompía a los jóvenes con los que convivía cada día, ¿lo hacía a propósito o sin querer? Si lo hacía a propósito, no tenía sentido: nadie querría rodearse de gente malvada y arriesgarse a sufrir sus daños. Si lo hacía sin querer, respondió Sócrates, Meleto debía apartarlo y enseñarle, no llevarlo ante un tribunal penal.

De una forma u otra, el caso de Meleto se venía abajo.

Entonces Sócrates redobló la apuesta con la acusación de impiedad. Meleto sostenía que Sócrates no reconocía a los dioses de la ciudad e introducía otros nuevos. Pero quien introduce nuevas divinidades tiene que creer en las divinidades. Así que Sócrates creía en los dioses y la acusación se contradecía a sí misma. Y aquí Sócrates hizo algo que nadie hace en un tribunal: no se limitó a desmontar la acusación, sino que la declaró arrogante, un experimento para poner a prueba al propio tribunal. Unos quinientos jurados oyeron al acusado explicar que su juicio no era un juicio. Era una prueba.

Como argumento, una victoria total. Para alguien que necesitaba treinta votos más para volver a casa, un desastre: el jurado no estaba valorando la coherencia lógica de un razonamiento, sino si merecía respeto un hombre que acababa de declararlo incapaz de juzgar.

Tercer movimiento: pedir el Pritaneo

Te ofrecen la muerte y tú pides que te mantengan de por vida a expensas del Estado.

Esta es la jugada que ha mantenido vivo el juicio durante dos milenios. «¿Qué merezco —pregunta Sócrates— por lo que he hecho por vosotros?». Una recompensa, no un castigo. Y la recompensa adecuada sería que lo mantuvieran de por vida en el Pritaneo, el comedor público de la ciudad. Luego añade la comparación que convierte la ofensa en perfecta: el vencedor de una carrera de caballos hace que parezcáis felices; yo os hago felices de verdad. El vencedor de la carrera no necesita comer; yo sí.

Según una tradición tardía, su primera contrapropuesta fue una multa de veinticinco dracmas. El murmullo de la sala lo empujó a subir la apuesta hasta pedir el Pritaneo.2

Después, cuando Critón le pidió en el tribunal que ofreciera algo más porque estaban a punto de matarlo, Sócrates aceptó proponer una multa de treinta minas, con Platón, Critón, Critóbulo y Apolodoro como fiadores. Incluso entonces, concluye el texto, dijo que habría sentido que había parecido obstinado. Fue una concesión arrancada y anunciada como tal.

Para entender todo el impacto de la escena —y por qué la propuesta de Sócrates sonó primero a insulto y después a concesión resignada— hay que situar el valor real de una mina en la Atenas de los siglos V y IV a. C.

¿Cuánto valía una mina? (Cifras y poder adquisitivo)

En el sistema monetario ático de la época:

  • 1 talento = 60 minas

  • 1 mina = 100 dracmas

  • 1 dracma = 6 óbolos

Para hacerse una idea de su poder adquisitivo real:

  • 1 dracma era el salario medio de un día de un trabajador cualificado o de un soldado hoplita.

  • 1 mina (100 dracmas) equivalía a unos tres o cuatro meses de sueldo de un trabajador libre.

  • 30 minas (3.000 dracmas) representaban casi diez años de salario de un trabajador medio o el valor de una pequeña propiedad.

La mecánica del juicio: por qué la primera cifra fue un desastre

Según el procedimiento ateniense, después de ser declarado culpable, el acusado tenía que proponer una contrapena frente a la elevada multa o a la pena de muerte solicitada por la acusación.

  1. La primera propuesta provocadora (1 mina):

    Sócrates afirmó primero que merecía comer gratis en el Pritaneo, el mayor honor de la ciudad. Después, como concesión formal, ofreció una sola mina y dijo con ironía que era todo lo que tenía sin caer en la pobreza. Para los jurados fue una bofetada moral: una suma ridícula —aproximadamente un mes de gastos para mantener a una familia—, considerada otra muestra de arrogancia (hybris).

  2. La segunda propuesta (30 minas):

    Cuando sus amigos entraron en pánico ante la inminencia de la condena a muerte, Critón, Platón, Critóbulo y Apolodoro se ofrecieron a garantizar la suma con su propio dinero y elevaron la propuesta a 30 minas.

    Treinta minas eran una suma muy seria y considerable: una sanción económica elevada para cualquier ciudadano acomodado y una cantidad que la ciudad habría aceptado encantada como compensación.

La tragedia lógica y humana de Sócrates está toda aquí:

  • La trampa moral: Sócrates nunca quiso «negociar» una pena que hiciera parecer culpable su vida de filósofo. Desde su punto de vista, proponer una multa equivalía a admitir que había obrado mal.

  • La concesión arrancada: aceptar la garantía de treinta minas ofrecida por sus amigos fue una excepción por afecto hacia ellos, no porque reconociera que el veredicto fuera justo.

  • El resultado: al anunciar la contrapropuesta con frialdad, casi con irritación, Sócrates hizo que los jurados la percibieran no como sumisión o arrepentimiento, sino como una condescendencia arrogante. Muchos de los que en la primera votación lo habían declarado culpable por un margen estrecho votaron de forma abrumadora por la muerte al elegir la pena, quizá molestos por su negativa a ceder.

Quedaba una última salida, aunque nadie la planteó formalmente en la sala: el exilio. Irse, seguir hablando en otro lugar y vivir tranquilo. Sócrates responde a esa posibilidad con la frase más citada y menos entendida del platonismo: si dejara de examinar lo que hago, ¿qué haría con una vida así?

ὁ δὲ ἀνεξέταστος βίος οὐ βιωτὸς ἀνθρώπῳ: una vida sin examen no merece ser vivida.

La traducción clásica dice: «Una vida sin examen no merece ser vivida». Pero hoy tiene un límite lingüístico: para un lector actual, la palabra examen evoca enseguida una prueba escolar, un reconocimiento médico o una introspección moralista y algo pesada. En el griego de Platón (ἀνεξέταστος), la idea tiene la frescura de una acción cotidiana: una vida sin hacerse preguntas no es una vida. Podríamos decir: «Una vida sin preguntas no merece ser vivida» o «Una vida sin indagación no merece ser vivida». Para Sócrates, dejar de interrogarse a sí mismo y al mundo no era una alternativa de reserva para la vejez, sino un intercambio inaceptable entre la supervivencia biológica y la dignidad del espíritu.

Si leemos el griego en su contexto inmediato, aparece otro matiz: no es una condena a los demás, sino la declaración de que Sócrates no podía cambiar de oficio.

Los jueces atenienses —y el jurado popular— pensaban: «De acuerdo, te hemos declarado culpable. Pero si ahora te exilias en otra ciudad y te callas, no te condenaremos a muerte».

La respuesta de Sócrates a esa oferta hipotética tiene dos niveles:

  • El nivel divino: Si dejara de hacer lo que hacía, desobedecería al dios de Delfos, que le había encomendado la misión de «despertar» a los atenienses. Pero, como sabía que nadie en la sala le creería —pensarían que era una excusa grandilocuente—, añadió la explicación humana.

  • El nivel humano (la frase polémica): Sócrates dice que hablar todos los días de la virtud y ponerse a prueba a sí mismo y a los demás es el mayor bien posible para un ser humano (μέγιστον ἀγαθὸν ἀνθρώπῳ). Por eso, una existencia que renuncia a esa búsqueda (ἀνεξέταστος) pierde, para él, su razón de ser (οὐ βιωτός: «no merece vivirse», «es invivible»).

Por qué incomoda la segunda parte de la frase (y por qué no es un insulto a la humanidad)

Si Sócrates quisiera decir que cualquiera que no dedicara su vida a la filosofía tenía una existencia basura, sería la máxima expresión de arrogancia (hybris) por parte de un intelectual que despreciara a campesinos, artesanos y ciudadanos corrientes.

Pero el sentido es radicalmente distinto:

  1. Es una afirmación de coherencia personal: Sócrates dice que, dada su naturaleza y su misión particulares, vivir sin poder hacerse preguntas sería como ser un pez fuera del agua o una persona sin aire. No sería «vida», sino supervivencia vegetativa.

  2. Es la razón explícita por la que rechaza el exilio: El exilio lo obligaría a callarse o a ser hipócrita. Irse a otro lugar y hacerse pasar por un anciano sabio y silencioso por miedo a morir convertiría toda su vida anterior en una mentira. Si aceptara el exilio a condición de guardar silencio, destruiría lo único que había dado sentido a su camino.

El veredicto: ya lo conoces

Las cifras explican el coste de esas afirmaciones. En la primera votación, la de la culpabilidad, Sócrates perdió por poco: él mismo confirmó que con treinta votos más en el otro sentido habría sido absuelto.3

En la segunda votación, la de la pena, la cosa empeoró: según Diógenes Laercio, la condena a muerte ganó por ochenta votos. Si buscas la peor estrategia de defensa de la historia, el momento exacto es este.

Entonces, ¿por qué? Las dos fuentes se contradicen en parte

Platón lo presenta como inquebrantable. Jenofonte, como alguien que ya había tomado una decisión.

En la Apología de Platón, Sócrates es un hombre incapaz de mentir sobre sí mismo que prefiere morir antes que renegar de la misión que, según dice, recibió del dios: «Obedeceré al dios antes que a vosotros, y un hombre que valga algo no debe calcular el peligro de morir, sino únicamente si está actuando con justicia». Es la versión que ha alimentado dos mil años de imágenes: el anciano que toma la copa con mano firme mientras sus discípulos lloran.

Pero existe otra Apología de Sócrates, escrita por Jenofonte, menos conocida y más incómoda. Allí Sócrates responde a quien le pregunta por qué no está preparando su defensa: «¿No te parece que he pasado toda la vida preparando mi defensa? He vivido sin cometer injusticia y considero que esa es la mejor preparación posible». Y luego llega el detalle que lo cambia todo: había intentado escribir un discurso dos veces, pero su señal divina lo detuvo. No fue un error de cálculo, sino un obstáculo que Sócrates interpretó como voluntad de los dioses.

Y hay más: morir en ese momento le convenía, porque si vivía más empezaría a perder la vista, el oído, la memoria y el placer de aprender, y se quejaría de su decadencia. Los dioses le estaban preparando un final fácil y lo menos doloroso posible para sus amigos, y le permitían morir con el cuerpo todavía sano y el ánimo afectuoso.

Jenofonte concluye que, al ensalzarse ante el tribunal, Sócrates se ganó enemigos e hizo más segura su condena, y que aquel destino parecía grato a los dioses. En una frase: el más fiel de sus defensores admite, en un texto escrito para defenderlo, que Sócrates se buscó la condena.

Las dos versiones difieren en algunos puntos. Si te preguntan por qué Sócrates se dejó condenar, la respuesta depende de cuál de las fuentes antiguas estés leyendo.

La hipótesis del troll es una tercera que añado yo: tres movimientos de alguien que no quería ganar el juicio, sino que el juicio quedara por escrito. Es una reconstrucción muy, quizá demasiado, lineal: cuando hablamos de personas y de decisiones importantes, rara vez bastan tres movimientos para explicarlo todo.

Treinta días en prisión y una puerta abierta

La última ironía: Atenas debía ejecutarlo de inmediato, pero no pudo.

Hay un detalle que vuelve más extraña toda la historia: la condena no se ejecutó enseguida. El día anterior al juicio se había coronado el barco sagrado que Atenas enviaba cada año a Delos. Hasta que regresara, la ciudad debía mantenerse ritualmente pura y no se podía ejecutar a ningún condenado. Sócrates pasó esas semanas en prisión, con sus amigos entrando y saliendo y con Critón, que llegó al amanecer con un plan ya preparado: había dinero para sobornar a quien debía denunciar la fuga, escapar era posible y el exilio estaba al alcance de la mano.

Qué hizo Atenas después

Atenas nunca volvió a juzgarse por el juicio a Sócrates; la tradición le inventó después un relato de redención.

Una tradición tardía cuenta que, poco después, los atenienses sintieron tanto remordimiento que cerraron las escuelas de lucha y los gimnasios, expulsaron a los acusadores y condenaron a muerte a Meleto. También honraron a Sócrates con una estatua de bronce de Lisipo.4 El verdadero golpe de gracia histórico no necesita venganza: la ciudad nunca juzgó el juicio. No se retractó, no reabrió el caso ni borró nada. Simplemente dejó que el texto de uno de sus ciudadanos se convirtiera en la acusación contra la propia ciudad, que desde entonces sigue pagando las consecuencias.

El veneno merece una última nota. Durante años se ha debatido si los síntomas que describe Platón —una parálisis que asciende desde los pies, con la mente lúcida hasta el final— son compatibles con el envenenamiento por Conium maculatum, la cicuta mayor.

En 2001, Enid Bloch sostuvo que Platón había descrito correctamente una muerte por cicuta. En 2009, Anthony D. Dayan dudó que encajaran todos los síntomas; en 2024, tras releer el texto griego, volvió a considerar plausible el envenenamiento por cicuta.

Preguntas rápidas

¿De verdad quería Sócrates que lo condenaran? Platón dice que eligió no mentir, no que eligiera morir. Jenofonte va más lejos: dice que Sócrates consideraba preferible morir en ese momento y que una señal divina le impidió preparar su defensa.

¿Cuántos votos le faltaron para ser absuelto? Treinta, según Platón, Ap. 36a. El resultado de 280 a 221 que circula por internet es una reconstrucción moderna.

¿Qué era el Pritaneo? La sala del consejo, donde Atenas tenía sus comedores públicos. Los benefactores de la ciudad y los atletas que regresaban victoriosos de los Juegos Panhelénicos tenían derecho a comer allí por ley. Pedirlo como pena equivalía a proclamarse vencedor.

¿Por qué no escapó, si bastaba con pagar a quien debía denunciarlo? En el Critón, el argumento es que escapar daría la razón a quienes lo condenaron; después de setenta años beneficiándose de las leyes atenienses, huir equivaldría a admitir que estaba equivocado.

¿El juicio de Sócrates, resumido en una frase? Acusado de impiedad, podría haber sido absuelto con una defensa corriente; en cambio, reprendió al jurado y se burló de sí mismo, y el jurado —que solo tenía que elegir entre dos penas— eligió la muerte.

Fuentes y referencias

Fuentes antiguas

  • Platón, Apología de Sócrates, 24b–28a (la acusación y el contrainterrogatorio), 34b–35d (familiares y súplicas de clemencia), 36a–38b (votaciones, Pritaneo, penas alternativas y exilio), 39c–d (la profecía sobre los acusadores). Texto en Perseus.
  • Platón, Critón 43a–54d (el plan de fuga y el diálogo con las Leyes); Fedón 58a–c (el barco sagrado) y 115c–118a (la ejecución). Critón; Fedón.
  • Jenofonte, Apología de Sócrates, §§ 2–9. Texto en Perseus.
  • Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres II.39–43 (la acusación, la anécdota de Lisias, las penas alternativas y las tradiciones posteriores). Texto en Perseus.
  • Cicerón, De oratore 1.54.231, la referencia conservada más antigua a la anécdota de Lisias.

Estudios y lecturas complementarias

  • Enid Bloch, “Hemlock Poisoning and the Death of Socrates: Did Plato Tell the Truth?”, Plato Journal 1 (2001). DOI.
  • Anthony D. Dayan, “What killed Socrates? Toxicological considerations and questions”, Postgraduate Medical Journal 85, n.º 999 (2009), pp. 34–37. DOI.
  • Anthony D. Dayan, “Death of Socrates: a likely case of poison hemlock (Conium maculatum) poisoning”, Clinical Toxicology 62, n.º 1 (2024), pp. 56–60. DOI.
  • Internet Encyclopedia of Philosophy, “Socrates”, para el contexto histórico del juicio y la restauración de la democracia. Biografía.

Notas

  1. La historia aparece en Diógenes Laercio (Vidas de los filósofos ilustres II.40–41) y en Cicerón; los estudiosos modernos la interpretan como una confusión con el Discurso contra Sócrates del sofista Polícrates, un ejercicio retórico compuesto después de la muerte de Sócrates. La anécdota sigue siendo útil por otra razón: también los antiguos sabían que en aquel tribunal importaba la forma de hablar y que Sócrates la rechazó. ↑
  2. Diógenes Laercio II.41, que atribuye la cifra a Eubúlides; en esa misma tradición también aparece una variante que fija la cantidad en cien dracmas. El episodio no aparece en la Apología de Platón: Sócrates pasa directamente a pedir el Pritaneo, sin reconsiderar su propuesta en la sala. ↑
  3. Nadie da la cifra exacta: Platón solo escribe que le faltaron treinta votos (Ap. 36a) y Jenofonte no dice nada. El resultado de 280 a 221 se obtiene suponiendo un jurado de 501 miembros, el mínimo legal para estos juicios; Diógenes Laercio (II.42), en cambio, habla de una diferencia de ochenta votos. ↑
  4. Diógenes Laercio II.43, que sigue a Favorino, rétor del siglo II d. C.: más de quinientos años después del juicio. Ninguna fuente ateniense del siglo IV confirma el remordimiento, el cierre de los gimnasios ni la estatua. La crítica lo interpreta como la reparación que las ciudades se conceden en las historias que les gustan. ↑