En el instituto tuve la suerte de dar con una profesora muy preparada que enseñaba de una forma un poco menos «ortodoxa», con observaciones fuera de lo común, retos, digresiones irónicas y provocaciones.
Sin ella, pensaba, pronto habría perdido cualquier amor por el conocimiento, rodeada de profesores que se arrastraban hasta la tarima y repetían año tras año exactamente las mismas frases, con el saber reducido a menudo a resúmenes ordenados de conceptos, personajes y fechas que había que memorizar, además de otras «maravillas» por el estilo.
Pero aquella profesora era distinta. Nos contaba, por ejemplo, que los textos de Catulo en nuestros libros escolares y en los que ella había usado como estudiante estaban llenos de cortes y censuras: algunos versos se suprimían por considerarse «escabrosos» u obscenos. Por eso había ido a buscar en los textos originales los pasajes señalados con asteriscos.
Si te digo Catulo, quizá te vengan a la cabeza sus versos más célebres:
Odi et amo.
Quare id faciam fortasse requiri.
Nescio. Sed fieri sentio et excrucior.(Odio y amo.
Quizá preguntes cómo puede ser.
No lo sé. Pero siento que ocurre y me atormenta.)
Olvídate del Catulo enamorado que cuenta los besos de Lesbia, tal como te lo presentaron desde la tarima del instituto. Hoy no venimos a hablar de eso. Hablamos de un hombre al que acusaron de ser demasiado tierno y empalagoso y que no publicó un comunicado para disculparse, no apeló al contexto, no amenazó con demandar a nadie ni invocó la libertad de expresión. Simplemente tomó la pluma y escribió el verso más obsceno, violento, despiadado y genial de toda la Antigüedad clásica.
Abróchate el cinturón: vamos a adentrarnos en las profundidades del poema 16 de Catulo1, el texto que ha hecho sudar frío a dos mil años de traductores y censores. Probablemente nunca lo leíste en un libro de texto. Ya va siendo hora de remediarlo.
1. Los poetas neotéricos y el escándalo de los sentimientos
Para entender la fuerza termonuclear de la reacción de Catulo, hay que comprender el clima cultural de su época. Estamos en Roma, en el siglo I a. C.: la República se resquebraja; los generales se reparten las provincias a golpe de legión, y el ciudadano romano ideal sigue siendo el tipo de hombre que huele a sudor, empuña un gladio, cultiva su campo y derrama su sangre por el Senado. En ese ambiente de patriotismo cargado de testosterona, donde el mos maiorum (la costumbre de los antepasados) exige austeridad, disciplina y sacrificio por el Estado, llega a Roma una pandilla de jóvenes provincianos. Muchos proceden de la Galia Cisalpina. Catulo, por ejemplo, era de Verona. Son ricos, cultos y están aburridos.
Son los llamados poetas neotéricos (o poetae novi), una denominación convencional de la crítica moderna. Cicerón criticó algunas de sus decisiones poéticas. Más que rechazar toda forma extensa o desentenderse por completo de la política, estos poetas preferían la poesía breve y pulida, la alusión erudita y la experiencia privada.
Querían escribir sobre pasiones arrolladoras, traiciones, cenas elegantes, servilletas robadas en los banquetes y afectos intensos. Cultivaban las nugae, las «bagatelas»: poemas breves, pero muy trabajados en lo formal, con el célebre labor limae, el trabajo de lima. Con estos poetas se refuerza la atención a la experiencia individual y a la vida privada. Catulo es el maestro indiscutible de esta corriente.2 Cuando le escribe a Lesbia «dame mil besos, luego cien y después otros mil», está haciendo algo subversivo: afirma que la intensidad de un momento privado vale más que una campaña militar en Asia Menor. Y ahí es donde la mentalidad romana empieza a tropezar con sus propios límites.
2. El error fatal de Furio y Aurelio: medir la virilidad por la poesía
En la antigua Roma, la sexualidad y la virilidad no se medían con las categorías de orientación que usamos hoy, sino a menudo mediante relaciones de poder: activo y pasivo, dominante y sometido. Un verdadero vir (el hombre romano hecho y derecho) era quien dominaba en todos los ámbitos de la vida: en la batalla, en el foro político y en la cama. Mostrarse vulnerable, someterse al encanto de una mujer o, peor aún, escribir versos tiernos y delicados se consideraba un síntoma de blandura (mollitia), una desviación casi intolerable para la moral pública.3
En escena entran dos personajes: Furio y Aurelio. Probablemente frecuentaban los mismos salones literarios que Catulo; quizá eran poetas en ciernes o simples conocidos con afición a la crítica no solicitada. Cometen el mismo error que todavía hoy cometen muchos críticos aficionados: confundir la voz del poema con el autor de carne y hueso.
Al leer los dulcísimos poemas de los besos (como el célebre poema 5) o los lamentos desgarradores por las infidelidades de Lesbia, los dos llegan a una conclusión sociológica tajante: si Catulo escribe cosas tan empalagosas, blandas y delicadas, entonces él mismo debe de ser un blandengue, débil y poco viril. Empiezan a difundir el rumor y a burlarse de él en público, acusándolo de ser un impudicus, un hombre que ha perdido su dignidad dominante. Han tocado el nervio más sensible de la sociedad romana: el honor masculino.
Si a un poeta de hoy le dedicaran una crítica semejante, quizá publicaría en X (antes Twitter) una diatriba victimista o un ensayo soporífero sobre la deconstrucción de los estereotipos de género. Catulo, en cambio, decide sacar el arma letal. Toma una hoja de papiro y compone el poema 16.
3. El apocalipsis en endecasílabos falecios: el poema 16
El poema 16 empieza con una explosión nuclear: un endecasílabo falecio que no admite réplica, negociación ni contextualización. Es el verso latino que hizo sudar frío durante siglos a los monjes copistas y llevó a generaciones enteras de editores escolares a plantar, pudorosos, asteriscos negros o puntos en sus antologías:
Pedicabo ego vos et irrumabo,
Aureli pathice et cinaede Furi,
qui me ex versiculis meis putastis,
quod sunt molliculi, parum pudicum.4
Ahora bien, sé que estamos en un entorno digital vigilado por algoritmos puritanos que podrían bloquear esta página a la primera traducción literal. Así que te pido que hagas un esfuerzo de abstracción —o que abras Google Translate: sí, también traduce latín—. Suavicemos el concepto, pero mantengamos intacta la violencia de la intención.
En estos versos Catulo no se defiende gimoteando. Ante la acusación de ser «blando», promete a Furio y Aurelio una dominación física brutal, total y humillante, y deja clarísimo quién va a desempeñar el papel activo. En la práctica, viene a decir: «Ah, ¿pensáis que soy poco viril porque escribo poemas empalagosos? Os someteré físicamente de las dos maneras más humillantes que conoce nuestro vocabulario y os demostraré quién manda aquí. Seréis vosotros quienes lo sufráis: Aurelio, el sometido; Furio, el afeminado. Vosotros, precisamente, que os atrevisteis a juzgarme por mis versitos».
El efecto, cómico, grotesco y aterrador a la vez, nace del contraste absoluto entre la forma y el contenido. Catulo emplea una métrica refinadísima —el endecasílabo falecio, cosa de literatos de altísimo nivel— para lanzar la amenaza de taberna más soez imaginable. Es como si un lord inglés vestido de etiqueta te retara a duelo y, acto seguido, recurriera al estilo de Shakespeare para amenazarte con partirte una botella contra los dientes en el aparcamiento del pub. La hipérbole es tan extrema que se convierte en arte puro.
4. La regla de oro de la crítica literaria: yo no soy mis versos
Y, sin embargo, quedarse en los tacos o en la intimidación física sería hacerle un flaco favor a la inteligencia de Catulo. La verdadera obra maestra del poema 16 no está en la obscenidad, sino en los versos que vienen justo después. Tras dejar muertos de miedo a sus detractores, Catulo se calma de pronto, se pone las gafas de profesor de teoría literaria y formula una de las reglas más importantes y geniales de toda la historia del arte occidental:
Nam castum esse decet pium poetam
ipsum, versiculos nihil necesse est;
Traducido: «Conviene que el poeta piadoso sea casto él mismo; sus versitos no tienen por qué serlo».
Es una revelación fulminante. Catulo separa la vida del autor de la obra de arte, por primera vez de una manera tan explícita y polémica. Reclama la libertad total y absoluta de la ficción literaria. Un autor puede explorar los sentimientos humanos más tiernos o narrar las acciones más oscuras sin ser por ello un blandengue o un criminal en la vida real. El arte tiene que ser libre, provocador y excitante (poco después Catulo añade que los versos tienen encanto cuando «pruriat incitare possunt», cuando pueden despertar el deseo y remover a quien lee, hasta a los viejos más fríos), pero nada de eso menoscaba la integridad moral de quien sostiene la pluma.
Esta defensa, nacida de un insulto furioso, se convertirá en un principio fundamental de la literatura mundial. Décadas después, el propio Ovidio, cuando el emperador Augusto lo envíe al exilio junto al mar Negro con la acusación formal de haber escrito poesía demasiado licenciosa (Ars Amatoria), recurrirá a ese mismo principio catuliano para defenderse. En el libro II de sus Tristia (verso 354), Ovidio escribirá desesperado: «Crede mihi, mores distant a carmine nostro / vita verecunda est, Musa iocosa mea» («Créeme, mis costumbres están lejos de mis poemas: mi vida es recatada, mi Musa juguetona»). Ovidio lo intentó, pero Augusto no era un crítico literario tan refinado como nosotros y lo dejó morir en el exilio. Por suerte, Catulo vivió en una época en la que aún podía acosar verbalmente a sus censores.5
5. La herencia de un insulto: por qué Furio y Aurelio lo perdieron todo
Al final, ¿quién ganó? La propia historia nos da la respuesta.
Hoy no conservamos ni una sola palabra escrita por Furio o Aurelio. No sabemos nada de su supuesta talla moral, de su intachable virilidad romana ni de sus opiniones críticas. En los libros de historia de la literatura solo existen como cascarones vacíos, condenados a soportar para siempre la furia verbal de Catulo cada vez que un estudiante o un lector curioso abre el Liber.
Ese es el poder de la gran literatura satírica y polémica. Catulo tomó a dos críticos aburridos y moralistas, incapaces de separar la ficción de la realidad, y los emparedó vivos dentro de una obra maestra de catorce versos. Sí, los hizo inmortales, pero como hazmerreíres. Su identidad quedó congelada en el papel de quienes recibieron un varapalo monumental del mayor poeta lírico de Roma (y, a juzgar por el primer verso, quizá no solo en sentido figurado).
Por eso el poema 16 no es solo un exabrupto obsceno que haya que omitir de los libros de texto o esconder bajo una nevada de tranquilizadores asteriscos. Es un manifiesto sobre la independencia del arte. Un recordatorio imborrable de que la página escrita es un territorio franco, donde la moral común no tiene jurisdicción y donde los moralistas de pacotilla entran siempre bajo su propia responsabilidad.
Así que, la próxima vez que alguien se escandalice en las redes sociales al confundir las ideas de un autor con los actos de sus personajes, o mida a un artista con el rasero de sus propias obsesiones éticas, no pierdas el tiempo en largos y pacíficos debates. Esboza una sonrisa cómplice y piensa en Catulo: Pedicabo ego vos et irrumabo.
Notas
- Texto latino: Perseus, Carmina 16. ↑
- Referencia: Eric A. Havelock, “The poetry of Catullus”, Encyclopaedia Britannica. ↑
- Sobre el uso de la obscenidad como agresión verbal y postura de dominio en Catulo 16: John Godwin, “Catullus: Foul-mouthed Genius?”, Antigone. ↑
- Las antologías escolares variaban; no todas censuraban el poema. Por ejemplo, una ficha escolar de Zanichelli de 2010 reproduce íntegro el poema 16. ↑
- Ovidio, Tristia II; Ovidio, Encyclopaedia Britannica; Dickinson College Commentaries, “Life of Ovid”. ↑


